domingo, 29 de enero de 2012

Canción de Alicia en el país…

Alicia Partnoy empezó a militar para difundir todas las atrocidades que ocurrían en la dictadura militar y porque no quería vivir en un país sin libertad. Ese ideal le costó su secuestro y no saber de su hija durante largo tiempo. Valientemente, Alicia brindó testimonio en el juicio contra 17 represores en Bahía Blanca.

Durante 1977 Alicia Mabel Partnoy vivía en la calle Canadá 240 de Bahía Blanca junto a su marido Carlos Sanabria y su hija Ruth.
Alicia de 21 años y Carlos de 22 militaban en la Juventud Universitaria Peronista al tiempo que ella estudiaba Letras en la Universidad Nacional del Sur. Finalmente la carrera se cerró y a Alicia le quedaban materias libres por rendir “pero después del golpe militar ir a la universidad se convirtió en algo muy difícil porque a la entrada de la universidad nos pedían el documento de identidad, y no sabíamos si estábamos en alguna lista, si nos estaban buscando…”. Según Alicia “podíamos llegar a desaparecer así que tampoco rendí las materias en esa época”.
Alicia Partnoy, hoy con 56 años, profesora, escritora y residente en Estados Unidos, dice que durante los tiempos de la dictadura militar en Bahía Blanca, ella conocía lo que estaba ocurriendo en el país y que las desapariciones se repetían: “Yo por eso decidí militar en el momento del golpe porque mi hija tenía nueve meses y no quería que creciera en un país donde no había libertad”.
Su militancia consistía en la recopilación de datos e información sobre secuestros, desapariciones y torturas para luego diseminarlas: “Esa era la única forma de difundir lo que estaba pasando”.
Mucha de esos datos documentados, Alicia los mostró al tribunal que juzga a 17 represores acusados de delitos de lesa humanidad en Bahía Blanca. Lo hizo al momento de prestar declaración como testigo en la mañana del martes 27 de diciembre de 2011.

No cuentes lo que viste…
Cuando secuestran a su tío José y a su primo, Alicia decide irse de su casa por su seguridad y la de su hija. Lo mismo hace en el momento en que se llevan a sus amigos Néstor Junquera y María Eugenia González de Junquera. Sin embargo, el 12 de enero del 77 el Ejército golpeó la puerta de su hogar: “Estaba con mi nena, mi esposo había ido a trabajar”.
Alicia vivía en el fondo y el timbre sonaba insistentemente. Su hija la seguía mientras Alicia iba a atender la puerta hasta que escuchó golpes muy fuertes: “El Ejército, abra”. “Me di vuelta, empecé a correr por el pasillo, pensé, dudé en un instante si llevar a la nena conmigo para saltar el tapial del fondo de mi casa. Le dí un beso, corrí y salté. Lo último que escuché de ella en los siguientes cinco meses fue que rompió a llorar. Sentí una bala, sentí tiros y no supe que había pasado con ella”.
La huida no se pudo concretar ya que en un baldío la esperaban más soldados. La metieron en un camión, que luego fue a buscar a su marido al trabajo, y ambos fueron llevados al Comando V del Ejército.
Descalza, Alicia es ubicada en una sala y luego llevada a otro sector donde le toman declaración: “Escucho la máquina de escribir”. Le pidieron datos de su militancia que ella negó, y la devolvieron a la sala: “A la tarde me llevan vendada y esposada en el piso de un auto, parecía un jeep”. Alicia pensó en tirarse del vehículo pero hubo algo que pesó más para decidir seguir: “El único motivo por el que no me tiré es porque tenía mis amigos, Néstor y Mary desaparecidos y tenía la ilusión de que tal vez los iba a ver allí”.
Alicia Partnoy fue trasladada a otro sector en donde los muros llevaban la inscripción “Triple A”. Ella estaba vendada pero puede observar por debajo de la venda. La noche la pasó en La Escuelita atada en un colchón mientras escuchaba gritos que le parecían que era de un animal. En realidad, era su marido soportando la tortura.
En otro momento, llegó el turno de su propio interrogatorio: “La tortura más grande que yo sufro es no saber qué habían hecho con mi hija”, narró Alicia quien señaló que los torturadores le decían que la iban a matar mientras le traían al esposo totalmente lastimado y le leen el testimonio de una persona que había sido torturada. Allí, en La Escuelita, Alicia estuvo tres meses y medio.
Por debajo de la venda, Alicia reconoce a Alicia Izurieta, su mejor amiga de la UNS con quien, durante el cautiverio, siempre lograba conversar,
Respecto a su hija Ruth, había quedado con unos vecinos, y luego sus abuelos la fueron a recoger. Los padres de Alicia fueron al Comando, hicieron múltiples gestiones y presentaron una nota donde piden entrar a la casa precintada de Alicia para rescatar cosas de Ruth.
Un 22 de abril, sus padres reciben una lista firmada aparentemente por Delmé, hoy juzgado, que contenía objetos personales y venía acompañada de un monedero. Alicia mostró la lista al tribunal y pidió entregar los objetos.
Tres días después, el “Mono” Núñez la traslada a Villa Floresta donde pasa 52 días: “Soy una presa sin nombre y una celda sin número” señaló: “A mi entender yo estaba desaparecida”.
Unas presas comunes y unas monjas deducen que ella era Alicia Partnoy y se lo comunican, solidariamente, a la familia. En esos 52 días, Alicia trató de recordar poemas que había escrito antes de su desaparición y escribe unos nuevos que luego Patricia Chabat recuperará y le entregará.
Alicia y su familia sufrieron en demasía lo vivido. Tal es así que su hermano se enfermó de esquizofrenia que lo llevó al suicidio y sus padres “están asustados por mi presencia en Bahía Blanca, tienen mucho miedo de que alguien me haga algo”.

Estamos en la tierra de nadie…
Según su propia descripción, La Escuelita era una casa vieja, tenía dos habitaciones donde estaban los detenidos, un hall intermedio con el guardia de turno, ventanas con postigos y rejas del tipo colonial: “Capaz que los señores a mis espaldas pueden explicar mejor cómo era el lugar porque están hablando”, dijo Alicia luego de que se escuchara un irrespetuoso murmullo de uno de los asesinos imputados.
Respecto a cómo pudo reconocer cada sector explicó: “Tengo una nariz grande, eso que a uno no le gusta cuando es adolescente, era muy útil cuando tenía una venda porque es más fácil que se mantengan ciertas ranuras debajo de los ojos”.
Alicia pudo ver las habitaciones, el pasillo, la sala de torturas y por un guardia llamado Heriberto Lavallén “El zorzal” se enteró de la existencia de una casa rodante donde habría dado a luz Graciela Romero de Metz.
Alicia pidió al tribunal una pizarra y dibujó un croquis de La Escuelita. En el gráfico se veía una ventana que, dijo, a veces la abrían: “Un día que me encuentran hablando con Zulma me castigan haciéndome sentar al sol, con la ventana abierta hacía mucho calor”.
Alicia habló además de un aljibe donde habían colgado a un detenido y de una cocina en donde le hicieron lavar una fuente grande de ensalada para poder asistir al bebé de Metz.
Alicia recordó que, anterior a eso, un supuesto enfermero le había recetado a Metz que caminara para facilitar el parto. Ella era la mujer que daba vueltas alrededor de una mesa y que muchos testigos declararon haberla escuchado.
Entre el 16 y 17 de abril, Graciela dio a luz a un varón. Los guardias decían que ese bebé iba a ser adoptado por uno de los torturadores. Alicia sólo recuerda al “Tío” y al “Pelado”. Esos guardias también comentaban acerca de que uno de ellos estaba comprando ropa de bebé.
.Por otra parte, Alicia no pudo ver a sus amigos Junquera pero sí reconoció sus pertenencias allí. También detalló humillaciones soportadas por sus compañeros que en algún momento fueron vestidos con ropa de mujer, los manoseos y abusos sexuales sufridos por las mujeres y hasta el hecho de permitir que dos víctimas mantuvieran relaciones para que, los represores, pudieran observarlos.
Loro, Bruja, Gato, Vaca, Gordo, Tino, Polo, Turco y Chiche, son algunos de los apodos de militares que Alicia recuerda y que los documentó una vez en libertad. Chiche tendría entre 22 y 23 años y era una persona arrogante, segura de sí misma y convencida de lo que hacía: “Me decía que me iban a hacer jabón por ser judía”. Chiche le preguntó a Alicia por qué era “subversiva” y ella dijo que en la universidad uno va adoptando ideas políticas. Chiche le dice que él fue a la universidad y no se hizo “subversivo”: “Te hiciste facho”, le respondió Alicia.
Antes de su traslado, a Alicia le dicen que la van a llevar a ver “cómo crecen los rabanitos”. Esa ironía la hace pensar que el final se acercaba: “Estaba convencida de que me iban a matar”. Su presunción era equivocada, el traslado era a Floresta y Alicia seguiría su historia.

Los inocentes son los culpables
Alicia llegó a Villa Floresta muy delgada y desesperada por no saber dónde estaba su hija. Un tal Farías se comunicó con sus padres para avisarles que podían visitar a su hija y luego de un tiempo así lo hicieron acompañados de la bebé Ruth. “Ahí la veo y ahí sé que está bien”.
En esa cárcel permaneció hasta el 8 de octubre de 1977 para luego ser trasladada en avión a Villa Devoto. Ese viaje duró más de 10 horas ya que pasaban a buscar a otros detenidos por diferentes penales.
Con la opción obligada de tener que irse del país, Alicia se radica en Estados Unidos ya que había solicitado ir a España y no se lo permitieron. Ella estaba a disposición del Poder Ejecutivo por ser “peligrosa”.
En su declaración, Alicia pidió por los hijos nacidos en La Escuelita y de los que nunca más se supo nada: “Yo no sé… si los señores a mis espaldas tuvieran información… Pero claro hicimos el Juicio de la Verdad y la verdad la contamos nosotros”.
Emocionada, Alicia continuó con más palabras referidas al día tan importante que transcurría: “Hoy es un momento muy especial porque veo la justicia sin vendas en los ojos, y en Bahía Blanca la justicia sin vendas en los ojos es la justicia de verdad”.
“La justicia no puede tener venda como nosotros tuvimos”, señaló.
Al final de su testimonio, agradeció al tribunal por la paciencia, la voluntad y la vocación de justicia. También hizo lo propio con los organismos de Derechos Humanos, recordó a Ernesto Malisia, a los familiares y “a todo aquel que ha buscado junto conmigo justicia en estos casos”.
Cuando el fiscal Abel Córdoba le preguntó qué significaban las personas con las que compartió cautiverio, Alicia dio una respuesta que puso la piel de gallina a más de uno: “Son mis hermanos”, respondió. Con mucha emoción, Alicia finalizó su relato. Ella que soportó todo lo vivido en La Escuelita, Villa Floresta y Villa Devoto; ella que escribió un libro contando todo lo vivido y que transformó el horror en poesía. La misma Alicia que se vino de Estados Unidos sólo para declarar en este juicio. Un día histórico vivió Bahía Blanca con el testimonio de Alicia, su canción y el recuerdo de sus hermanos…

“Sobre el pasado y sobre el futuro, ruinas sobre ruinas, querida Alicia…” (Seru Giran)

miércoles, 11 de enero de 2012

Hallaron cimientos y elementos del CCD La Escuelita

Los restos de La Escuelita

 Por Diego Martínez

A comienzos de 1979, luego de que funcionara casi tres años como campo de concentración, el V Cuerpo de Ejército demolió La Escuelita, como la bautizó el general Adel Vilas. En 1981, desde el exilio, Alicia Partnoy describió la vieja casona donde estuvo en cautiverio y dibujó un croquis que repitió en diciembre pasado, por primera vez ante un tribunal y un grupo de represores. La buena nueva es que La Escuelita de Bahía Blanca dejará de ser una entelequia. Gracias al trabajo de arqueólogos de la Universidad Nacional del Sur, convocados por orden judicial a partir de una iniciativa de Memoria Abierta, los cimientos del ex centro clandestino salieron por primera vez a la luz. La investigación permitió dar con un plano de la construcción de 1944, comprobar que La Escuelita funcionó a 200 metros de las ruinas que inspeccionó la Conadep en 1984, e incluyó el hallazgo de más de 13 mil piezas que estaban bajo tierra e incluyen jeringas, envases de calmantes y otros materiales médicos que se habrían usado con los secuestrados. Memoria Abierta, que ya entregó un informe preliminar de la investigación, le solicitó al juez federal Alcindo Alvarez Canale que ordene perimetrar y techar el terreno para proteger los hallazgos y poder continuar con una segunda etapa de excavaciones.

“El lugar es llamado por los militares ‘Sicofe’. Está cerca de una vía del ferrocarril, se podía oír el paso de los trenes, los tiros de práctica del Comando y el mugido de las vacas”, escribió Partnoy hace casi 31 años, antes de explayarse sobre la casa donde vio por última vez a sus compañeros de la Juventud Peronista. El general Mario Aguado Benítez, ex comandante del Cuerpo V, evitó en 1984 precisar la fecha de demolición y apuntó que “luego de los aprestos bélicos de 1978 se reiniciaron tareas de desmonte y nivelación del terreno”. El suboficial Luis Vilches, que vivió allí con su familia hasta poco antes del golpe de Estado, dibujó un plano en 1985 frente a un denominado “juez militar” que resultó ser el teniente coronel Emilio Ibarra, ex jefe de la patota de secuestradores.

La investigación de Memoria Abierta se inició a partir de testimonios y croquis de sobrevivientes, en particular el de Partnoy y el de Gustavo López, secuestrado a sus 16 años. El primer barrido del terreno, que permitió identificar varias construcciones, se desarrolló entre abril y mayo de 2010. En septiembre último comenzaron las excavaciones. “A los arqueólogos del Departamento de Humanidades de la UNS se sumaron más de treinta alumnos y expertos que trabajaron en estudios preliminares desde el punto de vista topográfico y geoeléctrico”, destacó el arquitecto Gonzalo Conte, de Memoria Abierta. “Una excavación de 5-10 centímetros permitió descabezar los muros de cimientos y ver la conformación de esa planta con todos los ambientes descriptos”, agregó. La mayor parte de los objetos recolectados estaban en una cisterna y “en un pozo basurero, donde había ampollas, jeringas, frascos de medicamentos”, detalló, y apuntó que “todas esas pruebas están ahora cauteladas en un sótano que está justo debajo de la sala del rectorado de la UNS donde se hace el juicio”. “Le hemos propuesto al juez una segunda etapa de excavación de hasta 50 centímetros para despejar dudas sobre posibles hallazgos, buscar más evidencias y poder encarar una reconstrucción virtual de esa casa”, adelantó. El fiscal federal Abel Córdoba reiteró tras la declaración de Partnoy el pedido para realizar una nueva inspección ocular en el terreno junto con los jueces del Tribunal Oral Federal y los sobrevivientes.

miércoles, 4 de enero de 2012

Declaró Alicia Partnoy en juicio lesa humanidad

La profesora y escritora Alicia Mabel Partnoy, autora del libro “La Escuelita” con relatos testimoniales sobre el centro clandestino de detención de Bahía Blanca en el que estuvo secuestrada 105 días, declaró hoy en el juicio por delitos de lesa humanidad cometidos en jurisdicción del V Cuerpo del Ejército.
 
Partnoy, de 56 años, fue secuestrada el 12 de enero de 1977. Permaneció en el centro clandestino de detención “La Escuelita”, tras ello trasladada en condición de detenida a la Unidad Penal de Villa Floresta y luego al Penal de Villa Devoto hasta el 23 de diciembre de 1979, para luego radicarse en Estados Unidos.
 
La mujer afirmó que “yo tenía 21 años y mi esposo 22, éramos militantes de la Juventud Universitaria Peronista (JUP), estudiaba literatura en la Universidad Nacional del Sur”.
Ante el Tribunal, la mujer comentó que “decidí militar en el momento del golpe porque mi hija tenía 9 meses y no quería que creciera en un país donde no había libertad, entonces empecé a militar y parte de ese trabajo era recopilar información sobre torturas, sobre secuestros y diseminar esa información”.
“En el momento en que vienen a detenerme, en mi casa nosotros estábamos imprimiendo con unas gelatinas unos testimonios de una mujer que había sido torturada, desaparecida y dada por muerta, que había testificado y entonces yo estaba difundiendo ese tipo de información”, expresó.
Partnoy fue detenida el 12 de enero de 1977 en momentos en que se encontraba junto con su pequeña hija en la vivienda que habitaban ubicada en la calle Canadá al 240 de Bahía Blanca.
“Estaba con mi nena, mi esposo se había ido a trabajar y suena el timbre de la puerta de calle porque vivíamos en una casa a los fondos y en un largo pasillo”, contó Partnoy.
“Salgo a atender con mi nena siguiéndome atrás y cuando estoy por llegar a la puerta escucho golpes muy brutales, pregunto quién es y me dicen ´el Ejército, abra´; y yo sabía lo que estaba pasando cuando venían a buscar ciudadanos”, agregó.
“Me dí vuelta, empecé a correr por el pasillo, dudé un instante en llevar a la nena conmigo para saltar el tapial en el fondo de mi casa, le dí un beso, corrí y salté, lo único que escuché de ella los siguientes cinco meses es que rompió a llorar, sentí una bala, tiros y no supe que había pasado con ella”.
Tras saltar el tapial y llegar a un terreno baldío la mujer fue detenida por un grupo de soldados que la estaban esperando.
“Grité por mi hija, que la cuiden, que la van a matar, gritaba”, dijo al comentar que la subieron a una camioneta con soldados y se trasladaron hasta el trabajo de su esposo, donde también lo detuvieron.
La escritora relató que los llevaron al Comando en V Cuerpo del Ejército, al afirmar que “sabía lo que era ese lugar porque mi esposo hizo la conscripción allí. Nos ponen en una sala, yo estaba descalza porque había perdido mis chancletas tras haber corrido y saltado”.
“Después me vendan y me llevan por una escalera donde me toman declaración y me preguntan el nombre, la edad y me piden datos de militancia que yo niego”, añadió.
“Luego a la tarde me llevan vendada y esposada en el piso de un auto, parecía un jeep, a un lugar donde levanto la cabeza por debajo de la venda y veo que en el muro están las letras de las tres A en la entrada”, agregó sobre el centro clandestino de detención conocido como La Escuelita.
 
La testigo dijo que pasó la noche en ese lugar "en una cama, atada con los ojos vendados, escucho gritos durante la noche y luego me entero que son los gritos de mi esposo en la tortura”.
“Yo creo que la tortura más grande que sufro es que no sabía qué habían hecho con mi hija, me dicen que la van a matar, me ponen una máquina que no me da electricidad y hay un ruido como un chispero y hacen como que van a disparar con un revólver, y me dicen que tengo que hablar”.
“Estuve en ese lugar como tres meses y medio, siempre obligada a estar acostada, en ocasiones cada veinte días nos permitían bañar”, relató.
La mujer comentó que “mi hija quedó con unos vecinos, mis padres fueron al Comando a buscar información, no hicieron recursos de habeas corpus por entender que la gente no sabía y a veces pensaban que un recurso era más negativo en casos de las desapariciones”.
Además Partnoy ofreció al Tribunal diversa documentación como notas que hicieron sus padres y suegros preguntando “donde estábamos nosotros, y que se les permitiera acceder a la casa en donde vivíamos".
“Agradezco realmente y aprecio la labor de este Tribunal, vengo testificando hace más de tres décadas todo esta información que he ido entregando en más de 30 años, para mí este momento es muy importante, y de algún modo lo que estoy agregando espero que pueda contribuir”, expresó en referencia a su Documento Nacional de Identidad, entre otros.
Tras su detención en “La Escuelita”, Partnoy fue trasladada a la Unidad Penal 4 de Villa Floresta de Bahía Blanca, el 25 de abril de 1977.
“Estuve desaparecida 52 días sin nombre y sin número, en una celda de castigo”, dijo al comentar que “en ese tiempo yo pensaba que me iban a matar en cualquier momento, a mi entender estaba desaparecida”.
Partnoy agregó que “en esos 52 días yo escribo los poemas que había escrito antes de mi desaparición y escribo nuevos poemas”, al señalar que “entrego a este Tribunal algunas páginas de lo que escribí”.
Tras permanecer en Villa Floresta la mujer fue trasladada el 8 de octubre de 1977, en avión, al penal de Villa Devoto, en la Capital Federal, donde recuperó la libertad el 23 de diciembre de 1979 y se trasladó a los Estados Unidos, lugar donde en la actualidad reside en la ciudad de Los Angeles.
Ya en Estados Unidos, Partnoy escribió el libro llamado “La Escuelita”, que consta de relatos testimoniales sobre el centro clandestino de detención y que fue publicado en 1986.

lunes, 19 de diciembre de 2011

Universidad del Sur: Juicio académico a profesores cómplices con la dictadura

El juicio a dos profesores

Estudiantes y docentes presentaron pedidos de juicio académico para dos profesores del Departamento de Derecho de la UNS, en Bahía Blanca, por su presunta complicidad con violaciones a los derechos humanos durante la última dictadura.

Por su presunta participación en delitos de lesa humanidad durante la dictadura, dos profesores de la Universidad Nacional del Sur podrían afrontar sendos juicios académicos. “Falta de ética en el ámbito universitario o profesional que se proyecte sobre aquél”, argumenta uno de los textos presentados ante el Departamento de Derecho de la UNS y que involucran a Néstor Luis Montezanti y Gloria Girotti. Presentados por docentes y estudiantes, los pedidos son de octubre y noviembre, y ambos casos se encuentran aún en comisión: todo indica que recién se tratarán en febrero próximo. Girotti fue secretaria del juzgado federal de Bahía Blanca durante la dictadura: interrogatorios a personas visiblemente torturadas y negligencia en el tratamiento de hábeas corpus, entre otros, son los delitos que se le adjudican. A Montezanti se le atribuye haber pertenecido al Personal Civil de Inteligencia del Ejército. Un tercer profesor de la UNS, Hugo Mario Sierra, supuestamente vinculado con los mismos delitos que Girotti, decidió renunciar a sus cargos en septiembre. Mientras, y desde junio, la UNS es sede del primer juicio por crímenes de la dictadura en Bahía Blanca bajo la órbita del Quinto Cuerpo de Ejército.

La abogada y profesora de Derecho en los Contratos Gloria Girotti es señalada como cómplice de secuestros y torturas durante la dictadura. Girotti se desempeñó desde 1975 hasta 1979 como secretaria del entonces juez federal de Bahía Blanca, Guillermo Federico Madueño. Según el fiscal federal Abel Córdoba, “el juzgado federal se sumó al plan represivo de la dictadura. Adel Vilas (segundo comandante del Quinto Cuerpo de Ejército) ha reconocido que a la noche se juntaba con Madueño para hablar de la ‘subversión’ y planificar. La actuación en todos los expedientes es conjunta”. En diálogo con Página/12, el fiscal Córdoba aseguró que Girotti –y Hugo Sierra, también ex secretario de Madueño– participaron de interrogatorios a detenidos con visibles marcas de tortura, hechos que no figuraban luego en los expedientes. También se les imputa ocultar hábeas corpus presentados en favor de personas privadas en forma ilegal de su libertad.

Néstor Luis Montezanti es docente de tres materias en la UNS: Ciencia Política, Derecho Administrativo I e Introducción al Derecho. De acuerdo con la “Nómina del Personal Civil de Inteligencia que revistó en el período 1976/1983”, foja 67, firmada por el general de Brigada César Gerardo Milani y desclasificada por el Estado en 2010, Montezanti fue personal civil de inteligencia al interior de la universidad. Es decir, figura como informante, como “asesor universitario” de la dictadura. Su caso también fue vinculado con la conformación de la Alianza Anticomunista Argentina bahiense, que la Justicia acreditó en 2007, aunque no pudo extraer de ello más que una “filiación ideológica”. Su pedido de juicio académico fue presentado a principios de octubre, y aún no hubo siquiera dictamen de la comisión que supuestamente lo analiza.

La secretaria académica del Departamento de Derecho, Pamela Toloza, le confirmó a este diario que los expedientes están en tratamiento en la Comisión de Interpretación y Reglamento. Toloza informó también que ambos docentes han hecho sus descargos y que aún queda resolver el dictamen de la comisión, para luego tratarlo en el plenario del consejo. Según explicó Toloza, ayer fue la última sesión ordinaria y, aunque queden aún reuniones extraordinarias, lo más probable es que los casos de Girotti y Montezanti sean postergados hasta febrero.

“Falta la decisión política. La corporación de abogados es muy fuerte”, dijo a este diario el profesor responsable del pedido de juicio académico a Montezanti, Dante Patrignani. Los estudiantes de la UNS consultados expresaron que, dentro de su claustro, la posición es favorable a que se inicie el juicio. “Es el único mecanismo que tiene la universidad para terminar de legitimar a los profesores en su cargo o para destituirlos”, dijo una consejera superior. Desde el centro de estudiantes de Humanidades, distinguieron: “Por un lado, la universidad pone el edificio para juzgar a los militares. Sin embargo, internamente la UNS sigue teniendo a docentes vinculados con la dictadura”.

Testimonios de mujeres

Ovarios de Hierro

En las últimas audiencias se escucharon testimonios de víctimas y testigos de la localidad de Viedma, entre ellos algunas mujeres que mostraron una admirable valentía al contar lo sufrido y vivido durante todos estos años.

Altamente destacado fue lo que sucedió, se contó y se vivió durante las jornadas desarrolladas el 29 y 30 de noviembre, y el jueves 1 de diciembre de 2011 en el juicio contra 17 represores acusados de delitos de lesa humanidad. Se trataba de una jornada especial porque declaraban víctimas y testigos de la localidad rionegrina de Viedma lo cual provocó que varios amigos, familiares y periodistas de esa ciudad vinieran a Bahía Blanca a brindar su apoyo. En la vereda se podían ver las fotos de víctimas de Viedma entre otras banderas. Nos centraremos en los testimonios comprometidos de dos mujeres, familiares de víctimas, que lucharon y luchan cada día por la Verdad y la Justicia.
Luego de que Oscar “el Congo” Bermúdez relatara su terrible secuestro, señalara a los represores y hasta mantuviera un entredicho con el abogado querellante Víctor Benamo, fue el turno ante el tribunal de su ex esposa María Noemí Bringue.
María tiene 57 años, vive en Viedma y trabaja en el Programa Anti Impunidad de la Legislatura rionegrina. Con tranquilidad comenzó a dar sus datos personales al juez, y ni bien empezó a contar su experiencia se la pudo ver profundamente emocionada. María explicó que conoció a Bermúdez en 1972 cuando ella trabajaba como empleada con cama adentro y él militaba en el peronismo y estudiaba en la UNS, fue allí cuando formaron pareja: “Del peronismo lo único que sabía era lo que me había enseñado mi abuela, que era que ayudaba a la gente pobre como nosotros”.
Ambos convivieron, tuvieron una hija y María empezó a tomar conciencia de la realidad que se vivía y a formar su pensamiento, “cuando escuché la palabra explotación, lucha de clases, me di cuenta que pertenecía a esa clase que era hostigada”. “Recién ahí -subrayó María- empecé a darme cuenta de qué se trataba”.

Que la tortilla se vuelva
“Que la tortilla se vuelva, que los pobres coman pan y los ricos mierda, mierda”, decía una vieja canción anarquista y María la tomó como propia. En aquella época de ideales empezó a desear eso: “Quise que la tortilla se vuelva”, narró ante el tribunal y agregó que deseaba que las cosas cambiaran rápido pese a que se le explicaba que los cambios sociales eran lentos.
Ya con una segunda hija, un día a María la llaman para que fuera a la Plaza Rivadavia, un compañero la abrazó y le dijo que a Oscar, de 23 años, lo habían amenazado y lo habían ido a buscar al trabajo y a la universidad: “Fue la primera vez que temblaba la tierra abajo mío”. A partir de ahí todo cambió. Primero se mudaron a un pueblito, luego regresan a Bahía Blanca y Oscar se muda a Viedma y, dijo, el miedo se duplicaba porque por un lado quedaba ella con las nenas en Bahía, y su marido en la capital rionegrina. En Bahía, señaló, el clima era feo: “Ya se hablaba de muertes y patotas”.
Finalmente María y sus hijas se van a Viedma con Oscar y antes del golpe del 76 nace su tercera hija. Un día se enteran del secuestro de Darío Rossi. Justamente, mientras María hablaba se cumplía un nuevo aniversario de ese hecho: “Uno sentía la presencia de unos ojos que estaban como atrás de algo, persiguiendo”.
Oscar trabajaba en una empresa de transporte. Un 7 de enero se fue a trabajar y María tuvo un mal presentimiento. Pasaron las horas y Oscar nunca llegó.
Más tarde, junto a un compañero y un ingeniero conocido salen a buscarlo a Patagones. Se encuentran con el jefe de personal de la empresa que dijo no saber nada aunque después destacó que le había llamado la atención ver el camión abandonado por el lado del puerto. Hasta allí fueron, pero Oscar no estaba: “No me animé a ir arriba del camión y mirar”.
Ya en su casa, la desesperación crecía: “Sentí que no solamente se me movía el piso sino que se me caía el techo también”.
Al otro día le comunicaron la noticia al suegro, revisaron hospitales y comisarías pero nada le decían. Incluso los policías se burlaban: “Debe tener alguna amiga por ahí, ya va a volver”.
El suegro le propuso ir a Bahía con las nenas por su seguridad: “Golpeábamos todas las puertas. Nos humillamos golpeando las puertas de la iglesia y Monseñor Mayer nos echó como delincuentes”.
Al tiempo se enteran por una carta que Oscar estaba en la cárcel de Villa Floresta. Allí fue María donde sufrió la humillación de desnudarse y mostrar las partes íntimas: “Cuando entré a esa sala enorme vi una larga fila de hombres vestidos de azul, y lo buscaba y no lo encontraba”. Cuando finalmente lo encontró, no lo reconoció: “No era el de siempre”, destacó, “fue como encontrarme con otra persona”.
Meses después, María Eugenia, una de sus hijas, aprendió a caminar entre bancos y rodillas de compañeros de Oscar.
En una de esas visitas se enteran que a Oscar se lo habían llevado. Fue así que se dirigieron hasta el V Cuerpo donde María recibió expresiones degradantes: “Yo iba llorando y el soldado me seguía diciendo cosas groseras”. En realidad, Oscar se encontraba en el penal de Rawson y es por otra carta que se enteran de ello. Mientras tanto, La Nueva Provincia seguía diciendo cosas que no eran ciertas: “Era una confusión que hacía mucho daño”.

“La libertad nos encontró distintos”
En Rawson continuaron los hostigamientos, las esperas y hasta las requisas en los hoteles. Nuevamente en Bahía y ante tanto sufrimiento, María recurre a una psicóloga del Hospital Municipal, planteó sus problemas y se juntaron entre seis y siete psicólogos y psiquiatras que decidieron ayudarla. En terapia, se le dijo que lo más sano para sus hijas era ver a su padre en Rawson. Allí volvieron y la primera vez, las nenas no creían que ese era su papá.
Años después, con Oscar en libertad, María empezó a trabajar en una editorial, recibió amenazas al tiempo que comenzó a sufrir problemas renales. Quien la contrató le dijo que se tenía que ir del trabajo “porque él no era la Cruz Roja Internacional”.
Buscaron un abogado para realizar un juicio laboral y en el mientras tanto un tal Faidutti, que se dedicaba a asustar a la gente, pidió hablar con ella, exhibiendo su arma y su carnet de Inteligencia: “Usted ya sabe que su marido es subversivo”, le comentó sugiriéndole que abandone el juicio laboral. Ese juicio lo siguió su suegro porque finalmente Oscar, María y sus hijas se fueron a México donde nació su quinto hijo: “La libertad nos encontró distintos”, relató debido a que pensaba que cuando Oscar recuperara la libertad las cosas iban a estar mejor. María agradeció al tribunal por el respeto y la posibilidad de declarar. “Hay 30 mil compañeros que no lo pueden contar”. Como últimas palabras, María se dio vuelta, y mirando a los 17 represores, con un valor admirable les expresó: “30 mil compañeros desaparecidos, presentes!”. Y así se fue María del estrado, sin quitarle la mirada a cada uno de los imputados.

 “A Goncálvez lo padecí”
Silvia Beatriz Crespo es jubilada y sufrió el secuestro de su hermano Cacho. El dolor hizo que Silvia no recordara nada de fechas pero sí que su hermano fue secuestrado en dos oportunidades obteniendo la libertad en el medio, que fue cuando se casó con su compañera. La fecha que no pudo ser borrada de la mente de Silvia es la del 19 de enero porque ese día es su cumpleaños y fue en su cumpleaños cuando pudo ver a su hermano en la cárcel de Bahía Blanca. Se encontraba, dijo, muy delgado, lastimado al igual que sus compañeros y amigos. Entre ellos estaba Bachi Chironi: “Un dedo mío índice le quedaba grande en las muñecas de Bachi, de las heridas que tenían las dos muñecas de estar estaqueado. Mi hermano tenía terrible cicatriz de picanazo acá en las cejas; Oscar Meilán estaba delgadito y también todos los chicos lastimados, como el Negro Ayala…”
Antes del secuestro, a su hermano lo perseguía la Policía Federal de Viedma: “Pienso que ellos lo secuestraron porque a nosotros nos llegó inmediatamente el dato de que había sido secuestrado a media cuadra de mi casa, de la casa de mis padres, lo subieron en un Falcón Verde y ahí desapareció”.
Respecto a los represores, Silvia se acuerda muy bien de Abelleira, Forchetti y Goncálvez: “A Goncálvez lo padecí”, dijo antes de empezar su declaración. “La persona más ensañada en toda esta persecución de mi hermano para poder encontrarlo era Goncálvez, quien iba a mi casa a cada rato. Mi mamá era una persona muy mayor, y yo vivía con ella. Era el que más iba haciéndose pasar por amigo de mi hermano para que insistentemente le dijera dónde estaba, quiénes eran sus amigos, qué actividades realizaba y eso a distintas horas de todos los días”. Otra forma de hostigamiento era en la calle cuando desde su bicicleta espiaba a la familia “siempre con sorna, con soberbia, con desprecio, agrandado como quien dice”. En la cara de Goncálvez, Silvia dijo notar ansias de destrucción.
Además de dos allanamientos sufridos en su casa, Silvia y su familia tuvieron que soportar situaciones muy dolorosas en la comisaría de la Policía Federal de Viedma: “Yo pedía por favor por mi hermano porque sabía que los secuestraban, los golpeaban y los mataban”. La respuesta que recibió de los policías fue: “Ay, no señora, no fantasee tanto, usted ve demasiadas películas”.
Ella y su madre permanecieron en la comisaría toda la noche, sin agua ni baño al que poder recurrir. Al otro día, gracias al suegro de su hermano, que era policía de la provincia de Buenos Aires, ya que al parecer habían quedado detenidas, Silvia y su madre pudieron irse: “A mí por buena conducta y mis antecedentes, y a mi mamá que no tenía nada que ver, nos dejaron libres”.
Con el tiempo, la cuñada de Silvia entró en estado depresivo y se suicidó. Por su parte, Silvia comenzó a sufrir diferentes trastornos tras aquella detención: “A partir de ese día llegué hasta a orinarme en la cama del miedo”.

Además de María Bringue y Silvia Crespo, declararon Cristina Cévoli, Mirta Díaz y otras víctimas que sufrieron el secuestro. Son ejemplos de mujeres que lucharon, sufrieron, luchan y siguen sufriendo las consecuencias de delitos que afectaron a toda la sociedad.

La subversión según Benamo
Además de haber sido el primer testigo del juicio por haber sufrido en carne propia lo que es el secuestro y desaparición, Víctor Benamo es uno de los abogados querellantes, en su caso, como representante de la Subsecretaría de Derechos Humanos de la Nación.
Paradójicamente, a Benamo se le cuelan expresiones, elucubraciones y digresiones, que como se pudo ver en la última semana de audiencias, afectaron a uno de los testigos que también fue víctima del Terrorismo de Estado.
Cuando le tocó testimoniar a Oscar Bermúdez, Benamo le preguntó si durante el secuestro se le había imputado una acción subversiva o si se le había preguntado por su ideología. Bermúdez respondió que se le imputaba una presunta vinculación o encuadramiento con la organización Montoneros. Ante los represores, Bermúdez se defendió argumentando que su proveniencia política era incompatible con la lucha armada. Consultado por Benamo por su militancia, Bermúdez respondió que militaba en el Peronismo de Base.
Luego de otras preguntas, Benamo directamente le preguntó si a algún compañero “le conoció alguna actividad subversiva”. Al no saber Bermúdez a qué llamaba Benamo “actividad subversiva”, el abogado habló del concepto común “que use armas, que proponga revoluciones, toma de poder por medios ilícitos”.
“Yo en absoluto acepto esa calificación o definición de subversivo”, afirmó y aclaró Bermúdez.
Fue allí cuando intervino el juez Triputti. Benamo señaló que su única finalidad era demostrar que el Peronismo de Base tenía un accionar democrático y que no había acciones subversivas por parte de él.
Luego de otra intervención del juez, Benamo insistió: “Mi objetivo de esta pregunta es porque he visto castigar ahí, declarando como el señor Bermúdez a mucha gente del Peronismo de Base y yo que los traté personalmente me parece una ignominia, una salvajada innecesaria”.
Ante este increíble escenario, tuvo que hablar el fiscal Abel Córdoba quien aclaró que cualquier castigo o tortura a cualquier persona, cualquiera sea lo que haya hecho es una ignominia, no solamente al Peronismo de Base o a quien no tenía una acción armada.
Mientras Bermúdez brindaba palabras similares a las del fiscal Córdoba, llovieron los aplausos del público. Por su parte, en medio de todo esto, los abogados defensores de los represores no dijeron absolutamente nada. Benamo ya había dicho todo.

miércoles, 30 de noviembre de 2011

Indagarán a dos ex secretarios


La Justicia bahiense

Los ex secretarios del juzgado federal de Bahía Blanca durante la dictadura, Hugo Sierra y Gloria Girotti, acusados de encubrir delitos de lesa humanidad, deberán declarar como imputados. A un año del pedido de detención del fiscal Abel Córdoba, la Cámara Federal desacreditó los artilugios del juez Alcindo Alvarez Canale, quien pretendía citar a Girotti como testigo e indagar a Sierra por sólo cinco de los 39 hechos que se le imputan, y ordenó que declaren como acusados. El único delito por el que no rendirán cuentas quienes fueron mano derecha del juez Guillermo Madueño es el rechazo de hábeas corpus y la persecución a familias de desaparecidos para exigirles las costas: para Ricardo Planes, Augusto Fernández y Angel Argañaraz eran “funciones inherentes al cargo”.

“¿Qué hubieran hecho los de los derechos humanos si hubieran estado ahí?”, suele gritar Alvarez Canale sin ocultar su voluntad de no investigar a los cómplices civiles. El juez se tomó licencia el día que el Tribunal Oral ordenó detener a Sierra, que llegó a recibir testimonios con soldados apuntando sus armas a un secuestrado. La Cámara consideró que Alvarez Canale adelantó su posición sin haber escuchado a los acusados y ordenó garantizarles el derecho de defensa. Profesores de la Universidad del Sur, a la que Sierra renunció tras su fugaz detención, le organizan para el miércoles una “cena despedida” en el quincho de la jueza María Laura Pinto de Almeida Castro.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

“Méndez la mató”

El represor que reza
La religión acompaña al represor en las audiencias.

Ayer por la tarde continuaron recibiéndose testimonios sobre el operativo realizado por el grupo de tareas del V Cuerpo de Ejército en Fitz Roy 137 el 14 de noviembre de 1976 donde fueron asesinados Olga Souto Castillo -embarazada de cuatro meses- y su compañero Daniel Hidalgo, ambos militantes peronistas.

El ex colimba Félix Julián relató que el subteniente Mario Carlos Méndez le comentó que había asesinado a la mujer embarazada: “Yo me enteré después por comentarios de Méndez (…) Sé que mataron a dos personas ahí adentro, que él había matado a la chica que estaba embarazada y el otro al muchacho en el baño. Creo recordar que con una ametralladora”.

La función del militar riocuartense en Bahía Blanca incluía tareas de custodia del personal superior del V Cuerpo pero no perdía oportunidad de participar en los operativos de secuestro de personas sumándose de hecho a las filas de la Agrupación Tropa, comandada por el mayor Ibarra.

La escribana Edith Carmen Delgado, recordó que vivía allí con su hijo y que ese día percibieron movimiento en los pasillos, gente que corría, “tiros y demás yerbas”. No pudo precisar la hora de inicio del ataque pero “sí el programa que estaba viendo mi hijo que era el Mundo de los Simios”.

“Soy bastante miedosa, los gritos eran muy feos. En ese momento se corría el rumor que había problemas serios en distintos lugares. Tiros y demás se escucharon desde la planta baja. El edificio todavía conserva las huellas de esos tiros. Evidentemente estaban tratando de detener a alguien. Mi departamento era el 2, contrafrente”, aseguró.

Relató que la orden era no salir de su vivienda pero alrededor de las tres de la mañana “se empezó a incendiar el departamento donde habían ocurrido estos hechos y tuvimos que evacuar”.

“No entra en mi mente lo que hicieron”

Desde Mar del Plata vino Isabel Cristina Souto, hermana de Olga que había cumplido 20 años el 15 de octubre del 76 y era un año y tres meses menor que ella.

“En realidad yo me entero donde la matan doce años después que ocurrió el hecho. Hasta ese momento no sabíamos qué había pasado. Me entero por la declaración de un tal Vilas que dice que en Bahía Blanca habían matado a una mujer con otro nombre (Delia García)”, dijo a los jueces.

La familia Souto vivía en Capital Federal y cuando Silvia y Olga cumplieron 12 o 13 años se trasladaron a Mar del Plata. “Antes del Proceso nosotras militábamos en la UES (Unión de Estudiantes Secundarios), a mi hermana la buscaban, así que dejó de vivir en casa cuando tenía 17 años y a partir de ese momento una vez por semana o cada diez días venía el Ejército a preguntar por ella. Nos separaban en las habitaciones para ver que sabíamos”.

Las visitas se reiteraron por más de dos años y se cortaron en noviembre del 76 por lo que la familia concluyó que Olga había sido asesinada o capturada por las fuerzas armadas. Desde entonces, la buscaron junto al bebé que llevaba en su vientre.

Doce años después se enteraron de lo sucedido: “Cuando supimos que había muerto, que no había que buscar un bebé, fue también el hecho que (mis padres) no pudieron velarla, enterrarla y ellos (los militares) siempre supieron y nunca nos lo dijeron. Ni siquiera podíamos decirle a los demás por eso del algo habrá hecho. Fue tan arbitrario, tenían la ley detrás de ellos para juzgarla si había hecho algo y no lo hicieron. No puedo entender lo que hicieron porque en mi mente no entra”.

Daniel Alberto Alguacil, en 1976 vivía en Fitz Roy 137 con su bebé y su esposa que gestaba su segundo hijo. Declaró que “aproximadamente a las nueve de la noche escuchamos dos explosiones. Nos asustamos porque el departamento era un funcional, chico, estaba en el tercer piso 5, contrafrente, cerca de la escalera. Abrí la puerta y vi un militar que circulaba por la escalera. Me indicó que ingresara, que cierre la puerta, que no hable a nadie y que iban a avisar cuando se pueda salir”.

Se refugió con su familia en una habitación que daba a un patio de luz “con mucho susto y nerviosismo porque se seguían escuchando detonaciones y explosiones”. Después decidieron encerrarse en el baño que era más seguro. Estuvieron tres o cuatro horas y pudieron comunicarse con un vecino por la ventilación.

“Cuando fueron cesando los disparos y las detonaciones, pudimos evacuar el departamento. Ahí fue donde descendimos por la escalera y nos dijeron que todo el edificio iba a ser desalojado. Optamos por ir a lo de mis padres y volví la mañana siguiente”, comentó el testigo.

Colimbas en el Comando

Luego se presentó Félix Eduardo Julián quien comenzó su servicio militar el 15 de marzo de 1976 en el Comando V Cuerpo de Ejército.

Luego de la instrucción militar fue designado chofer del comandante Azpitarte con la orden de “no detenerse en semáforos, tratar de esquivar acumulaciones de autos teniendo en cuenta que podía ser parado en cualquier momento y había que evitarlo. Podían ser grupos terroristas, montoneros y todo ese tipo que eran los que más teníamos”.

Su jefe directo era el represor Mario Carlos Méndez, alias Tucho o El Loco de la Guerra, que no dudaba en jactarse de los operativos en que participaba durante las noches.

“Lo que más recuerdo es un procedimiento que se hizo en calle Fitz Roy. Después tuve que llevar al comandante para que vea como había quedado el departamento y por boca de Méndez me relató que había participado. Comentó que lo habían herido en la mano izquierda en ese procedimiento. Había recibido órdenes que había gente subversiva o posible documentación y que al ir se originó un tiroteo”, manifestó Julián.

Méndez le relató que “con otro oficial reciben al ingresar disparos de adentro y ellos contestan y se origina un acontecimiento terrible, sé que habían matado a dos personas ahí adentro. Con los años sé que fue el joven Hidalgo y la señora. Méndez me comenta que era un matrimonio y que la mujer estaba embarazada”.

Al edificio de Fitz Roy, el general Azpitarte llegó con custodia de un suboficial. Al salir, subió al auto y no hizo ningún comentario. “Yo me enteré después por comentarios de Méndez (…) Sé que mataron a dos personas ahí adentro, que él había matado a la chica que estaba embarazada y el otro al muchacho en el baño. Creo recordar que con una ametralladora”.

“Cuando casi no reciben fuego de adentro, él entra corriendo al departamento, se tira encima de una cama y la mujer estaba sobre el piso bastante malherida pero le alcanza a disparar –es herido en la mano- y en la cama la termina de matar”, insistió.

Néstor Omar Bonifaci también comenzó su servicio militar el 15 de marzo del 76 en el Comando V Cuerpo y luego en el Hospital Militar. En su etapa de instrucción participó en una o dos sesiones de tiro en el Balneario Maldonado y en simulacros de combate urbano en el sector de caballeriza. Su jefe directo era el capitán Adalberti.

El juez José Mario Triputti le marcó la contradicción entre su primera declaración ante el fiscal Hugo Cañón en 2007 y la de ayer respecto a su conocimiento sobre la existencia de un centro de detención y camionetas que llevaban gente hacía allí.

“Uno atando cabos a medida que pasa el tiempo relaciona lo que por allá haya visto. Puede ser que hayan pasado camionetas pero no que haya habido un centro clandestino”, explicó. Conclusión: “Hoy si me pregunta si había un centro, evidentemente lo había. Pero si usted me pregunta si en ese momento conocía la existencia del centro, no lo conocía”.

Una situación similar se dio cuando el juez Jorge Ferro le marcó que en 2007 el testigo dijo que el día del operativo en Fitz Roy estaba en la guardia del hospital y recibió un llamado pidiendo una ambulancia y le preguntó si sabía que un subteniente había sido herido.

Bonifaci dijo que no y Ferro le advirtió que “vuelve a incurrir en el mismo error porque en la declaración anterior dice que sí y que podría ser el subteniente Méndez aunque duda si no fue uno de apellido Corres. Usted es muy preciso con los nombres… no tira cualquier apellido”.

“Ehhh… está bien. Sí… ehhh por comentarios tuvieron participación pero no lo vi”, respondió.

Al final de la tarde declaró el ex colimba Juan José Isachi cuyo destino fue el Hospital Militar pero fue pasado “en comisión al Comando porque el teniente De la Serna era amigo de un vecino mío y necesitaba alguien de confianza”.

Aseguró que Méndez “era un subteniente muy enérgico del Ejército, le decían el Loco de la Guerra, no era muy querido por los soldados. Hacía chistes con armas”. Identificó a Chisu, alias Ginebra, como uno de los custodios del general Vilas. Al ser consultado por el fiscal Córdoba respondió: “No tengo idea si estaba vinculado a algún sector sindical”.

En cuanto a De la Serna, el testigo afirmó que “manejaba la parte de prensa. La tarea era de ayudante del general y se encargaba de la prensa. Manejarse con algún periodista y cosas así. Tendrían que venir los periodistas… pero no eran muchas las actividades que desarrollaban. Sé que era encargado de prensa por el título que tenía. Se reunía con el general, tomaba mate en la oficina”.
Publicado el 16/11/2011 por efemedelacallehttp://juiciobahiablanca.wordpress.com/2011/11/16/mendez-la-mato/#more-1875